PLATA, Sofía - Clase 12

En esta última clase, aunque no pude estar, sé que se trató el tema de resonancia y se abrió un espacio de meditación y reflexión en conjunto. Aunque no es fácil recrear esa atmósfera desde casa, intenté conectarme con mis pensamientos y darle sentido. Me hubiera gustado estar ahí, en ese momento de pausa y calma donde la mente solo se enfoca en la música y los problemas quedan al margen. Es un permiso que pocas veces nos damos, y mucho menos en esta época del año, cuando el fin del cuatri se nos viene encima. Conectar con esa resonancia entre uno mismo, la música y el entorno me resulta muy interesante, sobre todo en diseño, donde a veces esa conexión puede inspirar algo totalmente nuevo.

Personalmente siento una conexión muy personal con la música; me gusta cómo logra adaptarse a distintas situaciones, cómo es capaz de transmitir diversión, identificación, y hasta inspiración para mi disciplina. Ahora mismo, mientras escribo, estoy escuchando música tranquila para poder crear un ambiente de concentración como el del aula. Elegí algo relajado para sentir un poco de esa resonancia, cerré los ojos e intenté imaginarme en FADU, en ese espacio de calma que generaron en clase. Lo cierto es que es un desafío: la mente siempre va a querer desviarse a las preocupaciones, al “esto es urgente”, al “¿qué sigue?” o al “¿cómo lo resuelvo?”. En el diseño gráfico, esta desconexión controlada es necesaria para desbloquear las ideas y proyectar con más libertad, como si fuera un juego donde las reglas las podemos hacer nosotros, y también deshacerlas.

Pensándolo así, me doy cuenta de la importancia de tener momentos donde uno baja las revoluciones. Cuando estamos trabados, la respuesta muchas veces está en tomar una nueva postura, borrón y cuenta nueva, explorar opciones, y dejar que surjan conexiones que no habíamos visto antes. Y para que eso pase, tenemos que abrirnos a la experiencia sin forzarla demasiado. Esta resonancia, o conexión profunda con uno mismo, también nos ayuda a reevaluar el sentido de lo que hacemos. A veces nos perdemos en la técnica o en la fecha de entrega, y me olvido por què realmente hago lo que hago. Parar un poco para redescubrirlas es una forma de nutrir la disciplina y desconectar la cabeza.

Como diseñadores, vivimos en un campo donde nuestras ideas y conocimientos no alcanzan por sí solos; el proceso de diseño se enriquece con la vida misma: nuestras experiencias, fracasos, los vínculos que formamos, y el entorno que nos rodea. Todo eso se convierte en materia prima para proyectar. La resonancia que logramos cuando nos abrimos a estos estímulos externos y dejamos que influyan en nuestro trabajo es lo que nos da una visión más completa y humana. Esta conexión, creo, nos permite diseñar no solo con la cabeza, sino con una sensibilidad que se transmite en cada elección de color, forma y mensaje que integramos en un proyecto.

Además, en la vida del diseñador gráfico, nos toca estar en constante interacción con las expectativas de otros, lo que puede llevarnos a la desconexión de nuestras propias intenciones o necesidades. Necesitamos recordar lo que queremos transmitir, el “por qué” de lo que hacemos, yes  la resonancia con nuestros propios valores y necesidades lo que nos ayuda a no perdernos en la demanda del cliente o en las exigencias del mercado. Ahí entra la importancia de tener esos momentos de reflexión donde uno puede, al menos por un rato, cerrar los ojos, conectar con lo propio, y liberar un poco la mente para reconectar con las razones auténticas que nos impulsan.

Así que, aunque no pude vivir esa experiencia en clase, rescato la idea de hacerme un lugar para resonar conmigo misma. Entiendo ahora que parar y escucharnos, aunque sea unos minutos, es clave en el diseño gráfico, porque diseñar no se trata solo de dar soluciones gráficas, sino de expresar una voz, un sentido, y, en definitiva, de crear un espacio que resuene con quienes interactúan con nuestro trabajo.


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