En esta clase, estuvimos analizando el modelo de Max-Neef sobre las necesidades humanas: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad de elección. Cada una de estas palabras me resuena en cómo vivo la profesión del diseño gráfico, donde la creatividad y la lógica siempre están tensando la cuerda entre lo que quiero hacer y lo que realmente tengo que hacer. Max-Neef habla de que las necesidades son universales, pero los satisfactores (o sea, cómo las satisfacemos) son distintos según el contexto y la cultura. En el diseño, me hace pensar en todas esas veces que uno adapta lo que tiene que decir según el cliente, la audiencia, y el medio, que también piden sus propias “necesidades”.
Al pensar en esto, se me vinieron a la cabeza algunas preguntas: ¿cómo nos adaptamos como diseñadores a las demandas de un mercado que cambia todo el tiempo? y ¿qué tan en riesgo está la profesión con la llegada de nuevas tecnologías?. Al principio, me parecía un tema demasiado grande como para responderlo en esta clase, pero cuando compartí las inquietudes con mis compañeros, fue un alivio ver que todos teníamos preguntas parecidas. A cada uno le toca esa incertidumbre de si su rol en el diseño va a cambiar de la noche a la mañana, o de cómo sus propias necesidades conviven con las del mercado. Entonces me di cuenta de que, en diseño, cada proyecto termina siendo un tira y afloje entre tus ganas de hacer algo significativo y la realidad de la demanda. Hay que negociar, y ahí empieza la famosa “incertidumbre” que compartimos los que nos dedicamos a esto.
Por ejemplo, subsistencia, que Max-Neef pone como la necesidad básica, es imposible de ignorar en diseño. No es solo ganar plata, sino saber que uno puede depender de su trabajo sin caer en lo que llaman el “burnout” creativo. Sin embargo, en esta profesión parece que siempre hay que hacer malabares para que esa subsistencia conviva con otras necesidades igual de fuertes, como la creación y la libertad de elección. Porque claro, si uno se la pasa diseñando sin poder elegir un estilo o sin tener el espacio de ser auténtico, ¿qué queda de tu identidad como diseñador?
Además, algo que surgió en las discusiones en clase fue la idea del “juego social” de Carlos Matus, que me parece clave para entender cómo se mueve el diseño en la práctica. No se trata solo de cumplir con lo que el cliente pide, sino de saber que uno está enredado en una telaraña de necesidades donde, muchas veces, nuestros deseos quedan en segundo plano. Esto de ser diseñador gráfico se vuelve un acto de mediación entre lo que el cliente quiere, lo que yo creo que necesita, y lo que los usuarios esperan. Y ahí también aparecen otras necesidades de Max-Neef, como el entendimiento y la participación, porque no solo estamos para diseñar algo lindo, sino para que eso funcione y haga sentido en la vida de alguien. La participación, entonces, no es un tema menor: significa estar en la conversación y entender cuál es el valor de nuestro trabajo para los demás.
La protección y el ocio también son temas que me resuenan en la práctica diaria, ya que en diseño parece haber una delgada línea entre estar comprometido y agotarse. La idea de protegerse es entender que no siempre podemos decir “sí” a todo, que está bien priorizar y dar valor al descanso creativo, porque de lo contrario la identidad profesional se disuelve. Y esto también nos devuelve al concepto de identidad de Max-Neef, una búsqueda constante en diseño, ya que lo que hacemos lleva una marca personal; trabajamos para otros, pero dejando nuestra firma en cada cosa.
La libertad de elección es otra necesidad importante y, paradójicamente, en esta carrera a veces parece un lujo. Los límites del rol son difusos, pero más aún cuando la tecnología redefine los modos de trabajar. Hoy, con la IA y las nuevas herramientas, los diseñadores nos encontramos en una situación en la que nuestra identidad creativa se ve amenazada. Ahí entra la necesidad de entendimiento, porque para adaptarse hay que entender qué trae de nuevo cada avance y cómo va a convivir con lo que venimos haciendo.
Entonces, el modelo de Max-Neef no es solo una lista de deseos o necesidades generales, sino un marco para entender lo que enfrentamos como diseñadores. Estas necesidades nos ayudan a navegar el mundo cambiante del diseño, no solo con creatividad, sino con conciencia de qué queremos priorizar, cómo y con quién trabajar. Cada proyecto es una especie de negociación entre subsistir, crear y ser fiel a uno mismo, en un juego social que exige adaptarse sin perderse.
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