La última clase de Heurística fue clave para repensar lo que significa ser diseñador gráfico en un contexto donde las necesidades no siempre son claras. Trabajamos con el modelo de necesidades de Max-Neef, que nos muestra que nuestras carencias van más allá de lo material: necesitamos cosas como protección, afecto, ocio, creación e identidad, y a veces estas se cumplen, a veces no. Entonces, pensando en nuestro rol dentro del “juego social” como diseñadores, surgieron preguntas sobre cómo nuestro trabajo responde a esas necesidades, tanto las nuestras como las de nuestros clientes.
Lo que más me llamó la atención fue la charla sobre los límites del rol del diseñador que surgió a partir de la pregunta de otro "viajero". Cuando estamos frente a un cliente, el diseño no es solo creatividad: tenemos que cubrir necesidades profesionales y, al mismo tiempo, responder a lo que el cliente pide. Reescribimos la pregunta a ¿Tiene límites nuestro rol como diseñadores gráficos? Y la respuesta depende del contexto y de lo que queramos cuidar en nuestro trabajo. Este dilema me hizo pensar en la “protección” y “creación” de las que habla Max-Neef, porque proteger nuestra visión no es caprichoso; es defender el valor del diseño como profesión y asegurarnos de que nuestra contribución tiene un propósito.
Si un cliente quiere algo “que venda” y que se vea como lo que está de moda, nos enfrentamos al dilema de aceptar o de negociar para darle una identidad más auténtica al proyecto. Ahí es donde entra nuestra “creatividad” como necesidad profesional. Mantener la integridad del diseño sin ceder a lo que parece fácil o comercial no solo es posible, sino una forma de dar valor a nuestro trabajo. Esto convierte cada proyecto en una oportunidad para redefinir y revalorizar nuestro rol.
También me resonó el tema de la “identidad” como necesidad en la profesión. Ser diseñador gráfico no es solo usar herramientas; es tener valores y principios claros. En este juego social, muchas veces “delegamos” ciertas necesidades para satisfacer la visión del cliente. Esto nos lleva a preguntas como: ¿Cómo priorizamos nuestra creatividad y ética cuando el cliente busca resultados puramente comerciales? Responder estas preguntas nos obliga a pensar en cuán lejos estamos dispuestos a negociar y dónde marcamos el límite, algo que depende del valor que nos damos como profesionales.
Lo mejor de esta clase fue el espacio para compartir estas ideas con compañeros de diferentes grupos, cada uno con experiencias y puntos de vista distintos. Al trabajar con “viajeros” ajenos a nuestro grupo, notamos cómo todos, en algún punto, tenemos las mismas preocupaciones: queremos que nuestro trabajo sea reconocido y también queremos que tenga un propósito significativo. Esto conecta con las necesidades de “afecto” y “ocio” que menciona Max-Neef, ya que diseñar no es solo cumplir con un encargo, sino un proceso de colaboración, de compartir y de crecer juntos.
Al final de la clase, me quedé con preguntas que seguro me van a seguir acompañando en la profesión: ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad de educar al cliente sobre la importancia de un diseño auténtico? y ¿Cómo hacemos para cubrir nuestras necesidades de crecimiento personal sin perdernos en el “hacer lo que vende”? Estas preguntas me hacen ver que como diseñadores no solo somos “creadores” de lo visual; también somos agentes en un contexto social y cultural.
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