En esta clase arrancamos con dos conceptos clave: el tema y el problema. Y como suele pasar, al plantear qué es un problema, se desencadenó una catarata de preguntas. Me vi haciendo una lista mental, tratando de organizar todo lo que aparecía. ¿Es esto realmente un problema? ¿Cómo paso del tema general, algo tan amplio, a lo particular, lo que es mío, lo que me toca directamente? Durante la actividad individual y en los debates con mis compañeros, todas estas preguntas salieron a flote.
Entendimos que un tema es algo general, una idea amplia, mientras que el problema implica acción, cambio, esa incomodidad que te lleva a moverte, a intervenir de forma consciente. Lo interesante fue pensar que los problemas nunca desaparecen por completo, siempre estamos en una constante comparación entre lo que consideramos bueno y lo que percibimos como peor. Siempre que exista algo positivo, nuestro inconsciente genera algo negativo con lo que contrastarlo.
Si lo pienso en términos de la dinámica de la clase, se podría decir que apareció un "problema" en el momento en que empezamos a caminar por el aula y de repente aparecieron obstáculos, bancos dispersos que había que esquivar sin chocarse con otros. Ahí se generó la incomodidad que, aunque menor, nos hizo salir del patrón cómodo de caminar en círculos, tal como había pasado en la primera clase. Algo parecido sentí al hacer la actividad individual, cuando nos pidieron identificar un problema propio. En ese momento, mi mente se quedó en blanco. Cuando la introspección te lleva a ver qué está fallando en tu vida, a veces preferís no enfrentarlo, lo normalizás o lo ignorás.
El tema que elegí fue el tiempo, un tema que para mí está ligado a la organización (o la falta de ella). Al final, el tiempo no es el problema en sí mismo, sino la forma en que me relaciono con él. Ahí me empezó a hacer ruido algo: la culpa de no saber cómo manejarlo. La culpa de no alcanzar mis objetivos, de que las horas del día no me alcancen, de no poder disfrutar de un descanso sin sentir que estoy desaprovechando el tiempo que podría estar usando para algo "productivo". Todas esas preguntas que habitualmente están en segundo plano aparecieron con fuerza. ¿Cómo hago para resolverlo? ¿Cómo llego a todo?
En la puesta en común, me encontré con compañeros que también lidiaban con problemas similares, sobre todo con la incertidumbre de lo que pasa después de recibirse. Ahí armamos una especie de módulo que daba sentido: nombramos el problema, planteamos la pregunta central, y luego una afirmación. La conclusión fue clara: el problema no es "recibirse", porque eso se resuelve aprobando las materias. El problema verdadero es la incertidumbre que aparece después, cuando uno tiene que tomar posición frente a su propio futuro.
También fue interesante cómo todos, o la mayoría, relacionamos nuestros problemas con una interacción entre el sujeto y otro ente. Ya sea sujeto y mercado, sujeto y recompensa, sujeto y creatividad, o sujeto y cliente. Nunca es un problema completamente ajeno a nosotros, ni puramente interno. Siempre estamos en relación con algo más. Y eso nos lleva a las grandes preguntas: ¿quién soy en este contexto? ¿Soy estudiante, trabajador? ¿Qué soy para el sistema, para el mercado, para mí mismo? Al final del día, lo que parecía una simple introspección sobre un problema académico, se transformó en una reflexión más profunda sobre nuestra identidad, tanto profesional como personal.
El relato de Sofía refleja un abordaje reflexivo y detallado, donde logra conectar conceptos de manera compleja y elaborar un discurso bien argumentado. Las reflexiones personales y grupales evidencian una capacidad para trascender la mera descripción y relacionar los contenidos de la clase con cuestiones más amplias sobre identidad y propósito, mostrando un nivel elevado de comprensión y análisis crítico. (N+)
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