El ejercicio inicial consistió en escribir frases sobre “momentos en los que un proyecto cambia”, una consigna que parecía simple, pero que pronto reveló la complejidad de los factores que intervienen en el diseño. En este punto, cada uno de nosotros compartió ejemplos y experiencias personales que mostraban cómo y cuándo se dan esos puntos de inflexión dentro de un proyecto. La diversidad de respuestas mostró que el diseño es un proceso dinámico, con momentos de cambio que pueden ocurrir por razones muy diversas, ya sea por un nuevo enfoque creativo, un comentario inesperado o un desafío técnico.
Uno de los aspectos más interesantes de la clase fue el aprendizaje sobre los diferentes modos de pensamiento, que iban desde lo abstracto hasta lo concreto. Este espectro de pensamiento es fundamental en el trabajo de un diseñador, ya que no operamos exclusivamente en uno de estos extremos, sino que nos movemos entre ambos constantemente. A diferencia de científicos o artistas, que pueden trabajar con un enfoque más delimitado, nuestro proceso creativo implica una mezcla donde el pensamiento abstracto, más conceptual, y el pensamiento concreto, más técnico y pragmático, convergen y se complementan. Esta dualidad es, en esencia, lo que define el quehacer del diseñador gráfico, quien necesita conceptualizar ideas de forma abstracta, pero también materializarlas en productos visuales concretos.
Al categorizar las frases escritas durante el ejercicio en función de estos diferentes modos de pensar, surgieron algunas confusiones. No siempre era evidente dónde debía colocarse cada frase, ya que algunos momentos de cambio dentro de un proyecto podían ser interpretados de maneras diversas. Esto abrió la puerta a un intercambio de ideas enriquecedor en el que los diferentes enfoques y experiencias de mis compañeros aportaron nuevas perspectivas sobre el proceso de diseño. Descubrí que, aunque cada uno tiene su propia manera de pensar y trabajar, todos compartimos una especie de “zona intermedia” entre lo abstracto y lo concreto que es fundamental para nuestra práctica.
Este ejercicio me llevó a reflexionar sobre cómo el diseño no es solo un trabajo técnico ni únicamente una actividad creativa, sino un espacio donde ambas dimensiones coexisten y se alimentan mutuamente. La capacidad de moverse entre lo conceptual y lo práctico, de navegar entre ideas abstractas y decisiones concretas, es lo que nos permite generar soluciones visuales que sean tanto funcionales como significativas.
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