En esta clase comenzamos hablando sobre los distintos modos de pensamiento. Desde el primer momento, nos metimos de lleno en un tema interesante que nunca me plantee: la dualidad entre el pensamiento abstracto y el concreto. El pensamiento concreto es el de un artista, algo que ocurre en un momento y un lugar, algo que se enciende en un instante. En cambio, el pensamiento abstracto lo vemos como algo más riguroso, casi científico, que se sostiene sobre pilares de lógica y matemáticas. Es como la fórmula: 1+1=2. Un estándar que se acepta sin cuestionamientos, mientras que lo concreto se mantiene como un misterio, algo subjetivo, único y difícil de medir.
Siempre hay una tensión entre estos dos extremos. A medida que fuimos conversando, nos dimos cuenta de que nosotros no somos ni científicos ni artistas en el sentido más estricto. Estamos en un punto intermedio, y en la periferia de este espectro se encuentran ocho formas de pensar más. Hablamos del pensamiento manual, que está asociado al uso de las manos para crear; del pensamiento técnico, que es la herramienta que usamos para resolver problemas; del pensamiento espacial, relacionado con cómo organizamos el espacio; del pensamiento rítmico, que tiene su raíz en la música; el pensamiento místico, que toca temas de religión y creencias; y el pensamiento corporal, ese que nos recuerda que somos seres que respiramos y nos movemos.
Como diseñadores, es fundamental reconocer que estamos en esa constante tensión entre ambos extremos. No hacemos cosas únicas ni estandarizadas; nuestras creaciones son el resultado de la interacción de todos estos pensamientos. Al abordar un proyecto, es crucial darnos un momento para reflexionar sobre cada uno de estos modos y cómo pueden aportarnos algo positivo a nuestro rendimiento.
Al principio, fue complicado comprender a fondo qué significaba cada uno de estos pensamientos. Después de varios debates intensos sobre las definiciones del abstracto y concreto, en algunos momentos parecía una verdadera paradoja hasta que entendimos que todas estas definiciones son subjetivas y bajo cierto punto de vida que puede varias, me di cuenta de que esa tensión realmente existe. Lo que enriquece nuestros proyectos personales es, precisamente, esta combinación de distintos enfoques. No se trata de limitarse a seguir modelos o estándares; al contrario, es en la mezcla donde se encuentra la clave. Un proyecto puede comenzar desde un punto de vista abstracto, teniendo en cuenta que todo inicia a partir de requisitos que hay que cumplir. Pero es el pensamiento concreto el que nos permite expresarnos plenamente como diseñadores, al elegir elementos como colores, formas y gradientes.
El pensamiento corporal y el manual se entrelazan en momentos inesperados. Si necesito destrabar una idea, hago un esquicio o salgo a caminar para despejar la cabeza. Ese cambio de ambiente me trae una nueva energía que impacta mi trabajo. Y cuando se trata de obtener ayuda sobre conocimientos técnicos, siempre recurro a las correcciones de mis docentes o a los consejos de mis amigos. La colaboración es clave; intercambiar ideas y recibir feedback puede abrirme a soluciones que ni siquiera había tenido en cuenta.
Uno de mis pensamientos favoritos es el rítmico. Cuando me siento a diseñar, nunca falta una canción de fondo. La música no solo hace que el ambiente sea más ameno, sino que también influye en el ritmo de mi proceso creativo. A veces, ese pulso musical se plasma en el diseño, reflejando una armonía que surge de esa conexión.
Y si hablamos del pensamiento místico, siempre aparece en mis pensamientos la figura de mi mamá. Tiene la costumbre de prender una vela cada vez que tengo un parcial o entrega importante, como un ritual que me trae suerte y tranquilidad. Ese gesto, aunque simple, me recuerda que nuestras creencias y emociones también juegan un papel importante en cómo enfrentamos los desafíos.
Al final del día, entender y aplicar estos diferentes modos de pensamiento no solo enriquece mi práctica como diseñadora, sino que también me permite abordar los desafíos con una mirada más amplia y efectiva. A través de esta diversidad, descubro nuevas maneras de ver el mundo y de interactuar con él, lo que se traduce en proyectos más innovadores y significativos.
Más que simples herramientas independientes, cada modo de pensamiento es una forma de resignificar nuestra realidad. No son compartimentos estancos, sino maneras complementarias de abordar lo que diseñamos y vivimos. Cada proyecto es una oportunidad para dejar que estos pensamientos se conecten entre sí y se transformen. El pensamiento concreto puede ser el detonante de una idea que luego toma forma con la precisión técnica y la lógica abstracta; el ritmo no es solo musical, sino también el flujo que regula nuestros procesos; lo místico no se limita a rituales, sino que resignifica nuestra conexión emocional con el entorno. Así, cada pensamiento amplía su función: no son solo pasos dentro de un proceso, sino lentes con los que interpretamos y enriquecemos nuestra práctica cotidiana como diseñadores.
N+
ResponderEliminarSabe relacionar los conceptos vistos con ejemplos y construye un discurso argumentado. Podría darle una resignificación en general a los pensamientos, no solo concluír.